Ella vestida de blanco
está arrodillada ante Dios.
Tiene
sus manos juntas en caso de concha y, entre ellas, la verga dura
mármol del Creador. La santísima virgen María,
esa magnífica puta, ofrece la tersura de sus nalgas a las
garras feroces de un enviado del Infierno, un íncubo que
aúlla y se babea pero que no deja de penetrarla por el
ano. Esta bestia peluda tiene dos pijas y cuatro brazos y cuatro
piernas y seis cuernos y ocho ojos que cogen con la mirada. La
otra de sus pijas entra y sale por la hambrienta vagina afiebrada
de esta reventada, esta tragaleche, esta guacha, esta purísima
conchuda hija de re mil putas. María y su piel suave, qué
acabar semen caliente dentro de su útero, qué manchar
su rostro, sus bocas y sus mordidos pechos con este sexo. Dios,
el hermafrodita, abre sus genitales femeninos en una de las lenguas
de Cancerbero, animal que con su segunda cabeza devora a una oveja
con la que ha copulado unas setenta veces, hasta despedazarle
el cuerpo, hasta matarla, luego de violar a su pastor, y con su
tercera arranca pedazos de carne del cuerpo de la virgen, y se
ve que prefiere la blandura de las tetas, pues ya se ha comido
tres. Uy, cómo gime María. Cómo goza. Abre
la boca de su estómago. ¡Abre la boca de su estómago,
sí! Y también la de su entrepierna, sí, y
también la de su cara, pero ¿para gritar sus orgasmos
o para que le metan un tremendo palo hasta el fondo de su zoofilia?
No se sabe. Dios húmedo llueve sus espermatozoides sobre
todos, Dios eyacula como una hembra sus fluidos de mujer, Dios
bajo número incontable de perversión maldice a sus
creaturas embriagado en Satán, empapado en fuego; Dios
con su mano-acontecimiento mete una cruz en una ángel adolescente
de pechos apenas desarrollados y de entrepierna sin vellos y de
himen ya no intacto, y con la otra, la de mujer experta, la mano-transparencia,
masturba a un ángel también adolescente que festeja
su primera eyaculación sobre los cadáveres triturados
que yacen abajo. María, la Sexa, la que ha estado cogiendo
cien años seguidos, la que ha parido mil duendes negros,
tiene cabello oscuro, casi azul, y ojos claros. Lame dos de sus
enormes pechos un súcubo imbécil que padece de adorable
ninfomanía, la descerebrada: véanla empalada en
la poderosa pija de Jesucristo, ese drogadicto. El súcubo,
figura rubia hipersexuada y conjugada con sombra, está
sentada en Jesús cabalgándolo y se alimenta de la
leche que brota de la prodigiosa virgen Sexa; para ella, que con
inocultable pasión le manosea, le chupa y le exprime las
tetas, es como una hija degenerada y hermosa; tanto, que cuando
desocupe una de sus conchas, la usará para besarla en lo
rojo del amor violento. Ella, la vestida de blanco, ama degustar
el sabor que aquella enviada idiota del Infierno, que ha vomitado
y la ha golpeado, porque así expresa su felicidad, esconde
en su raja rosada, deliciosa flor, fruta jugosa. También
hay apóstoles, dedicados a tareas homosexuales: las comparten
con unos sacerdotes; no podríamos afirmar que aquéllos
estén vivos; tampoco que sus cuerpos estén completos.
Y adviértese que las monjas, además de experimentar
novedosas variantes del lesbianismo, demuestran un ingenio pocas
veces visto en la práctica de la devoción religiosa,
si se pone atención a su exquisita combinación de
canibalismo, tortura y confraternidad con las distintas especies
vivientes que pueblan el Edén. Ah, la piel frotocogiente
de las pijas que escupen ese líquido viscoso. ¡Ah,
los pétalos conchabiertos de los agujeros que comen este
glande hasta el éxtasis! También están Satán,
Lilith, Adán, Eva y la serpiente. Satán en coito
con un cerdo. Lilith que se mete reptiles por todos sus hoyos.
Adán que mea y que come las heces de Eva. Eva que defeca
y que bebe la orina de Adán. Allá una hembra con
el sexo irritado por la promiscuidad incansable. Allá un
hombre con el sexo cansado por la lujuria ilimitada. María
pasa su lengua por la verga de Dios. La lame desde la base hasta
la punta, la chupa, la mastica. Se excita cuando mira a Cancerbero.
Y Jesús está contento, pues golpea con sus huevos
la entrepierna del súcubo (que ahora no tiene cabeza),
pues agarra y muerde qué pasión, con qué
cariño, todos esos contornos, los de su amada del Infierno.
El
cuerpo manchado de María genuflexa.
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