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20 I 05
Mr. P.C.
     

 

Nemil Ilzdjian
La gran orgía en la Tierra
Revista mural Príapo
Barrio de Pompeya, febrero, 1998

Arnold Böcklin, El bosque sagrado (1882)

 

 

 

 
 

 

Ella vestida de blanco está arrodillada ante Dios.

Tiene sus manos juntas en caso de concha y, entre ellas, la verga dura mármol del Creador. La santísima virgen María, esa magnífica puta, ofrece la tersura de sus nalgas a las garras feroces de un enviado del Infierno, un íncubo que aúlla y se babea pero que no deja de penetrarla por el ano. Esta bestia peluda tiene dos pijas y cuatro brazos y cuatro piernas y seis cuernos y ocho ojos que cogen con la mirada. La otra de sus pijas entra y sale por la hambrienta vagina afiebrada de esta reventada, esta tragaleche, esta guacha, esta purísima conchuda hija de re mil putas. María y su piel suave, qué acabar semen caliente dentro de su útero, qué manchar su rostro, sus bocas y sus mordidos pechos con este sexo. Dios, el hermafrodita, abre sus genitales femeninos en una de las lenguas de Cancerbero, animal que con su segunda cabeza devora a una oveja con la que ha copulado unas setenta veces, hasta despedazarle el cuerpo, hasta matarla, luego de violar a su pastor, y con su tercera arranca pedazos de carne del cuerpo de la virgen, y se ve que prefiere la blandura de las tetas, pues ya se ha comido tres. Uy, cómo gime María. Cómo goza. Abre la boca de su estómago. ¡Abre la boca de su estómago, sí! Y también la de su entrepierna, sí, y también la de su cara, pero ¿para gritar sus orgasmos o para que le metan un tremendo palo hasta el fondo de su zoofilia? No se sabe. Dios húmedo llueve sus espermatozoides sobre todos, Dios eyacula como una hembra sus fluidos de mujer, Dios bajo número incontable de perversión maldice a sus creaturas embriagado en Satán, empapado en fuego; Dios con su mano-acontecimiento mete una cruz en una ángel adolescente de pechos apenas desarrollados y de entrepierna sin vellos y de himen ya no intacto, y con la otra, la de mujer experta, la mano-transparencia, masturba a un ángel también adolescente que festeja su primera eyaculación sobre los cadáveres triturados que yacen abajo. María, la Sexa, la que ha estado cogiendo cien años seguidos, la que ha parido mil duendes negros, tiene cabello oscuro, casi azul, y ojos claros. Lame dos de sus enormes pechos un súcubo imbécil que padece de adorable ninfomanía, la descerebrada: véanla empalada en la poderosa pija de Jesucristo, ese drogadicto. El súcubo, figura rubia hipersexuada y conjugada con sombra, está sentada en Jesús cabalgándolo y se alimenta de la leche que brota de la prodigiosa virgen Sexa; para ella, que con inocultable pasión le manosea, le chupa y le exprime las tetas, es como una hija degenerada y hermosa; tanto, que cuando desocupe una de sus conchas, la usará para besarla en lo rojo del amor violento. Ella, la vestida de blanco, ama degustar el sabor que aquella enviada idiota del Infierno, que ha vomitado y la ha golpeado, porque así expresa su felicidad, esconde en su raja rosada, deliciosa flor, fruta jugosa. También hay apóstoles, dedicados a tareas homosexuales: las comparten con unos sacerdotes; no podríamos afirmar que aquéllos estén vivos; tampoco que sus cuerpos estén completos. Y adviértese que las monjas, además de experimentar novedosas variantes del lesbianismo, demuestran un ingenio pocas veces visto en la práctica de la devoción religiosa, si se pone atención a su exquisita combinación de canibalismo, tortura y confraternidad con las distintas especies vivientes que pueblan el Edén. Ah, la piel frotocogiente de las pijas que escupen ese líquido viscoso. ¡Ah, los pétalos conchabiertos de los agujeros que comen este glande hasta el éxtasis! También están Satán, Lilith, Adán, Eva y la serpiente. Satán en coito con un cerdo. Lilith que se mete reptiles por todos sus hoyos. Adán que mea y que come las heces de Eva. Eva que defeca y que bebe la orina de Adán. Allá una hembra con el sexo irritado por la promiscuidad incansable. Allá un hombre con el sexo cansado por la lujuria ilimitada. María pasa su lengua por la verga de Dios. La lame desde la base hasta la punta, la chupa, la mastica. Se excita cuando mira a Cancerbero. Y Jesús está contento, pues golpea con sus huevos la entrepierna del súcubo (que ahora no tiene cabeza), pues agarra y muerde qué pasión, con qué cariño, todos esos contornos, los de su amada del Infierno.

El cuerpo manchado de María genuflexa.

 

 
 

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Mr. P.C.

 
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